Liderazgo docente y vulnerabilidad: no necesitamos tener todas las respuestas
By nachigrieco@gmail.com / septiembre 11, 2026 / No Comments / Uncategorized
Hoy es el Día del Maestro en Argentina y, entre tantos saludos y reconocimientos merecidos, me parece una buena oportunidad para hablar de liderazgo docente y de algo que no siempre asociamos con la tarea de enseñar: la vulnerabilidad.
Un docente lidera cuando propone un rumbo para una clase, cuando toma decisiones frente a un grupo, cuando interviene en un conflicto o cuando intenta generar las condiciones para que alguien pueda aprender. También lo hace en conversaciones mucho más pequeñas, de esas que probablemente no estaban planificadas pero terminan siendo importantes.
Por eso me interesa correr por un momento la mirada de los contenidos, las técnicas o las metodologías y detenerme en la persona que está ejerciendo ese rol.
¿Qué pasa cuando el que enseña no sabe?
La necesidad de tener una respuesta
Quienes somos docentes conocemos bastante bien esa sensación. Alguien hace una pregunta y todas las miradas quedan esperando nuestra respuesta. Hay algo del rol que parece decirnos que deberíamos saber.
Y no solamente pasa en un aula. A un profe le pasa cuando el equipo espera una decisión. A quien conduce un grupo de trabajo, cuando aparece un problema que nadie sabe muy bien cómo resolver. Cuando ocupamos un lugar de liderazgo, es fácil empezar a creer que parte de nuestra responsabilidad consiste en tener respuestas.
El problema aparece cuando confundimos responsabilidad con infalibilidad, porque entonces reconocer que no sabemos algo puede empezar a sentirse como una amenaza a nuestra autoridad. Nos cuesta decir “no sé”, revisar una decisión o aceptar que una clase que preparamos con mucho trabajo simplemente no funcionó.
Y ahí aparece la vulnerabilidad.
No como debilidad ni como una necesidad de exponer permanentemente nuestras emociones. Tampoco como una excusa para no prepararnos. Hablo de algo bastante más cotidiano: poder reconocer que tenemos límites sin sentir que por eso dejamos de estar en condiciones de liderar.
¿Un docente pierde autoridad cuando dice “no sé”?
Creo que esta pregunta toca un punto interesante. Si entendemos la autoridad como la necesidad de demostrar que sabemos más que el otro en todo momento, probablemente la respuesta sea sí. Decir “no sé” pondría en riesgo esa imagen.

Pero no estoy seguro de que esa sea la autoridad que necesitamos construir. Un docente puede decir que no conoce una respuesta y comprometerse a buscarla. Puede escuchar el argumento de un estudiante y darse cuenta de que no había considerado esa posibilidad. Puede reconocer que se equivocó al tomar una decisión.
Nada de eso elimina su responsabilidad frente al grupo, al contrario, lo humaniza y lo que cambia es el lugar desde donde la ejerce.
Y quizás ahí haya una enseñanza mucho más profunda que la respuesta que no supimos dar. Porque nuestros estudiantes también aprenden observando qué hacemos nosotros cuando no sabemos.
Lo que hacemos con el error también enseña
En educación hablamos mucho de la importancia del error en los procesos de aprendizaje. Queremos estudiantes que pregunten, que prueben, que puedan equivocarse y volver a intentarlo. Pero después entramos nosotros al aula o al patio de la escuela y ¿qué hacemos con nuestros propios errores?
Esa pregunta me parece incómoda y necesaria. Podemos explicar durante horas que equivocarse forma parte de aprender, pero si frente a nuestro propio error necesitamos justificarnos, ocultarlo o demostrar rápidamente que teníamos razón, estamos enseñando otra cosa.
El liderazgo docente también se construye ahí.
No solamente en aquello que decimos, sino en la manera en que habitamos el rol cuando las cosas no salen como esperábamos. Reconocer un error no garantiza que un grupo vaya a confiar en nosotros. Pero la manera en que nos hacemos responsables de ese error dice mucho acerca de quiénes somos frente a los demás.
Competencia y vulnerabilidad no son opuestas
En el artículo anterior hablaba de cuatro cuestiones que suelen aparecer cuando pensamos qué esperamos de alguien que lidera: competencia, rumbo, confianza y conexión.
La vulnerabilidad atraviesa las cuatro. Ser competente no es tener todas las respuestas pero hay una competencia enorme en saber hasta dónde sabemos, reconocer cuándo necesitamos ayuda y seguir aprendiendo entendiendo que tener un rumbo tampoco significa conocer de antemano cada paso del camino. En un aula podemos tener muy claro qué queremos conseguir y descubrir durante el proceso que necesitamos cambiar la manera de llegar.
Con la confianza ocurre algo parecido. No confiamos necesariamente en alguien porque nunca se equivoca, muchas veces confiamos porque sabemos qué podemos esperar de esa persona cuando se equivoca.
Y la conexión requiere algo todavía más difícil: escuchar sin estar preparando permanentemente nuestra defensa. Por eso no veo una contradicción entre competencia y vulnerabilidad. Veo una tensión que necesitamos aprender a manejar.
La autoridad no se juega solamente en lo que sabemos
Hace algunos días escribía sobre la diferencia entre ocupar un lugar de autoridad y construir liderazgo. En la docencia esa diferencia se vuelve particularmente visible porque la institución nos otorga un rol, nos asigna responsabilidades y nos coloca en una posición desde la cual debemos tomar decisiones y sostener ciertos límites. Todo eso forma parte de nuestra tarea y no desaparece porque decidamos hablar de vínculos, escucha o vulnerabilidad.
Sin embargo, hay otra parte de la autoridad que no viene dada por la institución y que se construye todos los días en el aula. Los estudiantes van conociéndonos a partir de situaciones muy concretas: la manera en que los escuchamos, nuestra reacción cuando nos cuestionan, qué hacemos cuando cometemos un error o hasta qué punto existe coherencia entre aquello que decimos y nuestra forma de actuar. Con el tiempo, esas experiencias van construyendo una percepción sobre nosotros y sobre la relación que pueden establecer con nosotros. Por eso creo que la autoridad formal es necesaria, pero no alcanza para explicar lo que sucede cuando un grupo empieza a reconocer realmente a alguien como referente.
El aula también puede ser un lugar donde el docente aprende
Una de las cosas que siempre me resultaron más interesantes de enseñar es que podemos preparar muchísimo una clase y, aun así, nunca sabemos exactamente qué va a suceder cuando entremos al aula. Estudiamos, planificamos, elegimos actividades y pensamos cuál puede ser la mejor manera de acompañar determinado aprendizaje. Después nos encontramos con personas reales, cada una con su historia, sus preguntas, sus dificultades y su propia manera de interpretar aquello que estamos proponiendo.
Es en ese encuentro donde la planificación deja de ser un guion que simplemente tenemos que ejecutar. Seguimos necesitando un objetivo y un rumbo, pero también necesitamos aprender a leer lo que está ocurriendo. Habrá momentos en los que será necesario sostener lo que habíamos pensado y otros en los que tendremos que modificarlo. Lo mismo sucede con los límites y con nuestras propias decisiones. Poder revisar algo no significa necesariamente que hayamos perdido autoridad; puede significar que comprendimos mejor una situación y estamos dispuestos a hacernos cargo de lo que ahora vemos.
Para mí, ahí también hay liderazgo. No en la imagen de alguien que entra al aula con todo resuelto, sino en la capacidad de asumir la responsabilidad de conducir un proceso sin dejar de observar lo que ese proceso nos devuelve. Un docente enseña, por supuesto, pero eso no impide que pueda seguir aprendiendo de las personas y de las situaciones con las que se encuentra.
Vulnerabilidad y liderazgo docente
Cuando hablo de vulnerabilidad docente no estoy proponiendo reemplazar la autoridad por una especie de horizontalidad en la que todos ocupamos el mismo lugar. El docente sigue teniendo una responsabilidad diferente y necesita preparación, criterio y capacidad para tomar decisiones. La vulnerabilidad aparece cuando podemos ejercer esa responsabilidad sin sentir que para hacerlo tenemos que demostrar permanentemente que sabemos todo o que nunca nos equivocamos.
Decir “no sé” frente a una pregunta no debería ser un problema si estamos dispuestos a buscar una respuesta. Pedir ayuda tampoco nos vuelve menos competentes si sabemos reconocer cuándo la necesitamos. Incluso cambiar una decisión puede ser una demostración de criterio cuando encontramos razones suficientes para hacerlo. En todos esos casos seguimos ejerciendo nuestro rol, pero dejamos de asociar autoridad con perfección.
Quizás por eso la vulnerabilidad tenga mucho más que ver con el liderazgo de lo que parece. Cuando dejamos de invertir tanta energía en proteger una imagen de infalibilidad, podemos prestar más atención a lo que está ocurriendo con las personas que tenemos adelante. Podemos escuchar mejor, revisar nuestras propias interpretaciones y aceptar que enseñar no nos coloca fuera del proceso de aprendizaje.
En este Día del Maestro me interesa celebrar a quienes enseñan, pero también aprovechar la fecha para hacernos una pregunta: ¿qué enseñamos cuando mostramos que nosotros también seguimos aprendiendo?
No tengo una respuesta cerrada. Sí creo que hay algo valioso en un docente que entra al aula preparado para enseñar y conserva, al mismo tiempo, la disposición a dejarse sorprender, revisar y aprender de lo que allí sucede. Quizás una parte importante del liderazgo docente se construya justamente en ese lugar.